Una cara roja ¿rosácea?

domingo, noviembre 11, 2007




Muchos de nosotros hemos ido a comer en alguna ocasión y hemos coincidido con un comensal que, tras beber la primera copa de vino ha enrojecido su cara más de lo habitual. Probablemente esta persona presenta una rosácea o acné rosacea. Esta patología es una dermatitis crónica de la cara que se caracteriza por episodios de rubor (enrojecimiento transitorio), telangiectasias (vasos dilatados) y eritema persistente, con fases de inflamación en las que aparecen pápulas y pústulas.

Se piensa que es más frecuente en las mujeres, pero tal vez esto sólo se deba a que consultan más por motivos estéticos. La rosácea suele comenzar a partir de los 30 años y la mayoría de los casos se presentan entre los 30 y los 50 años. En los niños y los adolescentes es raro y, cuando aparece, suele ser secundario al uso de corticoides tópicos. Es más frecuente en la raza blanca, sobre todo en las personas con piel y ojos claros (con facilidad para quemarse por el sol y dificultad para el bronceado). Parece ser que hay un predominio de la aparición de los brotes en los cambios de estación, especialmente en primavera.

La causa de la aparición de la rosácea no está todavía clara pero sí se conocen una serie de factores que influyen en su aparición. Está claramente relacionada con una hiperreactividad vascular; los alimentos y los medicamentos que inducen la vasodilatación facial (el ácido nicotínico, el alcohol,...) parecen acelerar el desarrollo de la rosácea. También se ha probado que la mayor parte de los sofocos inducidos por la comida están causados por estímulos térmicos, por ejemplo, el café causaría enrojecimiento por su temperatura y no por la cafeína. La luz solar es un factor agravante para la aparición de las lesiones por lo que debe evitarse la exposición. Las enfermedades neurológicas, como el Parkinson, alteran claramente la dilatación de los vasos faciales, por lo que favorecen la aparición de la rosácea, lo que se suma al aumento de seborrea de estos pacientes. Las enfermedades autoinmunes y su tratamiento empeoran la evolución de este proceso lo que hace más difícil el tratamiento de ambas enfermedades. Es frecuente encontrar dermatitis seborreicas importantes en las personas que padecen una rosácea, y esto también complica el tratamiento de ambas.

Es importante destacar que la aplicación de corticoides tópicos en la cara para tratar otras patologías puede inducir o agravar la rosácea y su suspensión puede provocar un fenómeno de rebote que condiciona un empeoramiento importante del aspecto.

La presentación clínica de la rosácea es muy variable de unos pacientes a otros y en un mismo enfermo a lo largo de la evolución del proceso. Inicialmente se observa una rosácea vascular que comienza con episodios de calor repentino acompañado de enrojecimiento de la cara y, muchas veces también, del cuello y el escote, a lo que llamamos rubor. Este rubor puede ser desencadenado por varios factores tales como situaciones de estrés, la ingesta de comidas y bebidas calientes, especias o alcohol, la aplicación de cosméticos o medicamentos tópicos, los cambios bruscos de temperatura... Este enrojecimiento poco a poco, llega a hacerse persistente y aparecen pequeños vasos dilatados llamados telangiectasias que se disponen en un principio en las narinas nasales para asomar después en el resto de la nariz, mejillas y cuello. Parece ser que el tamaño de la telangiectasia está relacionado con el daño solar acumulado, ya que éste provoca atrofia cutánea dejando ver mejor el vaso; a ésta piel rosada con marcadas telangiectasias se le llama cuperosis.

En todos los estadios puede aparecer un discreto edema o hinchazón de la piel, pero cuando se alcanza la fase de inflamatoria con la aparición de pápulas y pústulas, el edema se hace más evidente, incluso puede instaurarse el edema facial sólido, que responde bien a la isotretinoina. La rosácea inflamatoria sería la siguiente fase donde se presentan, además de enrojecimiento y telangiectasias, pápulas y pústulas, incluso nódulos profundos persistentes.

La rosácea puede afectar también a los ojos, hecho que es bastante frecuente. Esta afectación ocular puede incluso aparecer sin tener lesiones simultáneas en el resto de la cara. La persona afectada puede tener desde sensación de sequedad u ojos cansados hasta edema, lagrimeo, dolor, visión borrosa, orzuelos y chalazión. Se piensa que se debe a que la afectación de las glándulas de Meibomio provoca una disminución de los lípidos de la película lagrimal, con lo que se aumenta la evaporación de la lágrima y el ojo se irrita con mucha más facilidad. La intensidad de la afectación ocular no es proporcional a la intensidad de la afectación cutánea.

Existe una variedad de rosácea llamada granulomatosa donde las lesiones papulosas y nodulares presentan un color más amarillo-marrón que requiere la realización de un diagnóstico diferencial con otros procesos, en ocasiones mediante una biopsia cutánea.

En un estadio final se puede llegar a observar la rosácea fimatosa, que es más frecuente en los hombres y en la que existe un exceso de crecimiento de las glándulas sebáceas con una fibrosis progresiva. Esto da lugar a un aspecto “grumoso” de la nariz, que es donde más frecuentemente aparece (rinofima), pero también se puede observar en la barbilla, la frente, las mejillas y los pabellones auriculares.

La rosácea presenta un curso evolutivo crónico, con fases de recuperación y empeoramiento a lo largo de los años, llegando a un punto que se estabiliza,e incluso puede producirse una pequeña mejoría. Se ha descrito un incremento de la incidencia de carcinomas sobre las lesiones de rinofima sobre todo carcinomas basocelulares, por lo que es conveniente un seguimiento para no pasar por alto este tipo de lesiones en sus fases más iniciales.

El tratamiento debe ser precoz para evitar pasar a estados más avanzados y por tanto más difíciles de controlar. Cada estadio clínico va a necesitar un determinado tipo de tratamiento, y éste requiere un tiempo considerable para resultar efectivo, que suele ser de semanas o meses. Es importante que el paciente sea consciente de ello para evitar abandonos tempranos del tratamiento o el que utilice otras medidas que pueden perjudicarle.

La persona que padece la rosácea debe tratar de evitar los factores desencadenantes: la exposición solar prolongada, los alimentos y bebidas calientes, medicaciones que provoquen vasodilatación, alcohol, tabaco, el estrés, las comidas muy especiadas, los quesos fermentados y los cambios bruscos de temperatura.

En un principio se tratará la fase inflamatoria con antibióticos tópicos como el metronidazol en gel al 0.75%, sólo o asociado a antibióticos sistémicos como las tetraciclinas, según la intensidad del brote. En ocasiones hay que utilizar la isotretinoina. Conforme éstas lesiones van mejorando se harán más evidentes las telangiectasias dando una falsa sensación de empeoramiento. Hoy en día, con la incorporación del láser vascular, se pueden obtener buenos resultados en el tratamiento de la cuperosis y las telangiectasias. Las lesiones fimatosas se pueden beneficiar del tratamiento quirúrgico.

En las rosáceas yatrógenas, provocadas por la aplicación tópica o sistémica de corticoides es conveniente, al retirar el tratamiento, la aplicación de un corticoide de baja potencia como la hidrocortisona al 0.1% para evitar el efecto rebote muy desagradable para el paciente.

Carmen Ortega Monzó.

Médico especialista en Dermatología y Venereología. Coordinadora del Servicio de Dermatología del Hospital de la Ribera de Alcira.

Fuente://
http://www.lasprovincias.es/valencia/prensa/20070413/ocio/cara-roja-rosacea_20070413.html


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